Artemio según San Lucas

Leemos a Lucas: Los encuestadores con mayor formación, a lo sumo, te hablan de esa metáfora -que le escuché por primera vez hace tiempo a Rafael Bielsa, y hoy es moneda corriente- de la foto y la película. Hasta ahí. La foto serían las encuestas, la película, la realidad. Es una metáfora eficaz, convengamos. Pero, mirá: muy distinto es darle cierto volúmen teórico al planteo, relativizar la "foto", darle una entidad dinámica, cambiante, fluída. Artemio lo hace.

[…]Después, con el tiempo y principalmente con el trabajo, esas cosas se te van olvidando. Te queda la desconfianza: la realidad es siempre más compleja. No porque los encuestadores se equivoquen, eso es una boludez. Intentar predecir comportamientos de multitudes, tiene un margen de imposibilidad muy grande. Bah, nadie sabe cuánto de grande. esto más allá de errores metodológicos eventuales, incluso de operaciones políticas: son personas las que se miden. Personas que saben mucho de algo y poco de otro, que mienten, que están de buen humor, que sueñan, que acumulan resentimientos, que quieren ser libres, que se sienten solas, que son capaces de ser muy solidarias, que todo eso junto, que todo lo contrario. Son personas.

Pero ahí es entonces, donde hay que valorar, algo que pasa demasiado ligero: Artemio sostiene que las encuestas son parte de los comandos de campaña.
No hablamos de un verdad revelada para los iniciados, sí, quizás, una verdad chocante para la gente de a pie. El valor de decirlo radica en decirlo desde el lugar en que se dice, el valor social de decirlo radica en que ese punto, nodal, es pasado por alto tanto entre encuestadores (de modo comprensible, es su negocio) como por periodistas. Algunos dirigentes políticos, lo dicen. Cuando les conviene decirlo. Está bien que así sea, son políticos.

Hasta las encuestas, los que pulsaban el ánimo del público eran los políticos y/o los partidos políticos. Lo que NO entraba en los cánones de la racionalidad partidaria se lo metía a palos. La dicotomía entre la política racionalista y la política de masas siempre zanjó la brecha que separó a la civilización de la barbarie.

Pero mientras se desarticulaban los andamiajes de los partidos políticos para pulsar lo que decía esa opinión pública se hicieron necesarias otras herramientas, como las encuestas, para saber de lo que se trataba. A partir de allí los partidos políticos pasaron a ser la estructura de escenario para que los políticos desplegaran sus estrategias de márketing político.

Si el primer método utilizado era totalmente subjetivo e intuitivo, comulgaba mas con realidad que esta segunda versión que transitamos ahora. La brecha entre la política racionalista y la política de masa subsiste y hoy vigente que nunca. El mismo Artemio se encargó de desempolvar a E Noelle Neumann y su espiral del silencio. Las encuestas no pueden ver cuan oculta están las opiniones silenciadas (por ende no reflejadas), por más técnicas de las que se dispongan, dado que a la opinión pública, tal como la concibe la socióloga, no se la puede fotografiar ni filmar dado que su evolución, como dice Lucas, es siempre más compleja; altamente compleja, en donde se distingue una componente racional que tiende a estructurarla y donde también existe la otra totalmente imaginaria que es la emocional, la que masifica, la que llena los significantes vacíos y por eso es impredecible.

Guillermo Bertoldi hace una referencia a Tony Schwartz, el creador del spot Daisy Ad:

Y "se ve lo que se quiere ver y se escucha lo que se quiere escuchar" porque actúan en ese procedimiento diversas funciones y limitaciones cerebrales, entre las que se destaca la disonancia cognitiva, aquella que evita el ingreso de información en tanto ésta contradiga nuestra constelación de creencias previas sobre determinados temas.

Ambos sociólogos, Artemio y Noelle Neumann, nos iluminan sobre cuan apartada de la realidad puede estar la opinión verbalizada o manifiesta, o visto desde otro lugar cuan silenciada está la real opinión y cuan apartada de ser verbalizarla se encuentra. Lo que las encuestas no pueden saber es cuan atrapadas en la centrípeta espiral está esa opinión, por los mismos motivos que da Schwatz. Ese dato NO ES RACIONALIZABLE, por ende tampoco medible, permanece oculto, agazapado, hasta que encuentra una masa crítica que lo haga explotar y que le permita ser expresada en público sin temor al castigo, la reprimenda o tomando su formato mas light, no caer en ese oscuro lugar del ridículo desde donde ya no se puede volver. La masa crítica, como masa que es protege, hace anónimas las individualidades pero no las voluntades. Advierte Bertoldi:

"se ve lo que se quiere ver y se escucha lo que se quiere escuchar" porque la información ya está en la gente. A diferencia de lo que creen muchos analistas políticos; la opinión se forma entre las audiencias a partir del procesamiento de información política (abstracta) en tanto que ésta signifique algo en lo que uno vive, piensa y siente.

En De revolutionibus Orbium Argentum, un libro sobre republicanismo, advertíamos que el andamiaje republicano estaba siendo seriamente interpelado por el populismo. El contrato que le da su forma a la república, basado en la palabra, hace agua si no es sostenido por un andamiaje de presión y palos que lo respalden. Al abrirse una avenida hacia populismo no represivo, se cuestiona la base contractual de las instituciones republicanas y esto tampoco aparecerá nunca en las encuestas.

En consecuencia en el peor los mundos de las democracias modernas situamos a la encuestocracia, políticos sin andamiaje partidista de ninguna índole que necesitan de las encuestas para saber lo que se dice en la calle. El resultado de este tipo de democracia es que el político gobernará a la medida de las encuestas al estilo del Reutemann en Santa Fe.

Sería interesante que en vez de medir imagen, intención de voto o lo que se mide tradicionalmente en las encuestas políticas, se mida cuan aprisionarte es la espiral del momento, es decir que se mida que posibilidades tiene un público de expresarse libremente sin temor a la sanción (de allí lo importante del populismo no represivo). O sea en vez de medir el qué, que midan cual es la distancia entre lo que se desea, fantasea y la realidad. Algo así como se mide en las encuestas sobre adicciones negativas como la drogadicción donde no se le puede preguntar al encuestado si se droga por el simple hecho que al hacerlo se lo está obligando a confesar que ha cometido en muchos casos un delito. Aquí se ve claramente el temor a la sanción, y es justamente allí donde resulta más difícil relevar opinión mediante encuestas.

Medir las posibilidades de expresión de un público sería el único camino para encaminarse hacia una real predicción de algún movimiento social. Esta encuesta no sería propietaria de ninguna empresa sino mediría el grado de libertad con que el público puede expresar su opinión. Por lo que se mide es cuan libres serán los electores a la hora de elegir; de expresarse en la otra encuesta, la votación, las verdaderas preferencias con toda su carga de subjetividades y racionalidades. Así se podría saber, por ejemplo: cuan cautivo es un voto, de la misma manera que se podría investigar cuan libre es un periodista de apartándose de la línea editorial del medio para el que trabaja, etc.

Para no alargarla más resta saber que hacer con ese dato, si una espiral es mas o menos constrictora, lo que nos lleva al dilema del prisionero. La posibilidad de que uno de los reos colabore con el otro está en directa relación con el nivel de información que manejan uno del otro. La espiral en consecuencia será mas constrictora cuanto más oscura y cerrada a la libre circulación de información sea. Intersecar, boicotear y dinamitar el libre flujo de información intra público (pueblo) es la manera mas simple y moderna de sometimiento, esto quiere decir de coerción de libertad. Entonces las encuestas nos podrían ayudar a darnos cuenta cuanta información realmente existente o circulante poseemos, en consecuencia nos permitiría saber cuan reos somos de nuestro propio silencio.

Lucas concluye:

Ojalá se reflexionase más sobre este asunto de las encuestas, no tanto en una faz legal (regularlas durante las campañas y toda esa boludez) sino en el debate político.
Y en el campo de la ciencias sociales, el esfuerzo por darle valor cualitativo y no ampararse en métodos cuantitativos, sin dudas importantes, necesarios, valorables; pero que deben tener su justo lugar: en su medida y armoniosamente.

1 nos acompañaron:

Todos Gronchos dijo...

Carlos, excelente artículo! Lástima alguna de tus fuentes.

Lo que pasa es que algunos políticos que suponen que la tierra se hizo redonda cuando Copérnico publicó “De revolutionibus orbium coeelestium”, sin percatarse de que el polaco no creó la tierra, sino que solamente constató un hecho: nuestro planeta giraba en torno al sol. Estos dirigentes no entienden que las encuestas miden realidades pero no las producen. Para ellos lo importante es publicar números de la carrera de caballos y decir que ganan.

Suelen creer en la leyenda de que los “votantes apuestan al candidato ganador”, desechada por todos los profesionales desde hace décadas. Usan las encuestas para mentir un poco, tranquilizar sus nervios, alimentar su ego, producir una publicidad costosa y en muchos casos perjudicial. Hay sin embargo políticos que toman en serio propuestas de esa laya porque como dice Bertrand Russell, “la política es la actividad humana en la que más personas inteligentes cometen estupideces”.

En algunos líderes se ha producido una “encuesta-dependencia” inocente. Creen que hay que actuar “como quiere la gente”, hacer lo que dicen las encuestas. Repiten la frase hueca de que la “voz del pueblo es la voz de Dios” y la obedecen. El problema está en que los estudios demuestran que en muchas ocasiones, la mayoría opina cosas ridículas, cambia de postura con velocidad, se deja influir por cualquier banalidad. Si Dios existe, no podría tener una voz tan vacilante y disparatada.

Las encuestas no pueden sustituir a los programas, las ideas, las propuestas. Los asesores políticos ayudan a los dirigentes a comunicarse pero no deben pretender manejarlos ni reemplazarlos. Ellos ayudan en asuntos técnicos, pero son los políticos los que van hacia donde creen y los que en definitiva ganan o pierden la elección. Cuando existen, los candidatos veleta no son dirigentes políticos, sino productos pobres de la sociedad consumista, fetichista y banalizada.

Y también están quienes tienen una visión moderna del tema. Usan las encuestas para comunicar sus propias ideas apoyándose en técnicos experimentados, que hacen estudios serios, integran los datos a los resultados de otras investigaciones de diverso tipo, y hacen un diagnóstico integral. Cuando conducen una campaña moderna cuentan con consultores en estrategia, comunicaciones y en muchos casos dan sorpresas electorales.

En algunos países con una democracia antigua y consolidada como los Estados Unidos, esta la norma. En algunos países de nuestra región, especialmente aquellos que tienen un liderazgo menos formado intelectualmente o ilustrado pero anticuado, Melquíades recién está llegando con el hielo a Macondo y lo elemental parece excepcional.

Otra forma de reconocer a quienes no son consultores profesionales es observar su posición frente a las encuestas y otras herramientas de investigación. Si quien quiere asesorar a un político no pide que se aplique un plan de investigación sistemático, y le dice que basará su trabajo en su intuición o experiencia, es un médico que pretende operarte del corazón sin hacerte una análisis o una rediografía y sin averiguar tu tipo de sangre, porque intuye que necesitás una operación o porque ha trabajado muchos años en un hospital.

Lo normal sería que el paciente huya de un profesional de esas características. No hay campaña moderna sin encuestas y sin otros estudios sistemáticos que son indispensables para diseñar una estrategia. Sólo usando estas técnicas se puede saber cómo ven los electores al candidato, a sus adversarios, cuáles son los grupos objetivos a los que puede llegar con más facilidad, con qué mensaje y cien cosas más que son la clave del triunfo. Los encuestadores políticos son parte vital de ese juego.

Porque lo que se busca, en definitiva es conectar. Conectar lo que la mayoría de la gente opina sobre cierto tema con lo que el candidato cree y piensa. Todo este jueguito de la estrategia de campaña consiste en buscar la conexión para que la opinión pública nos preste atención.

Situación ingrata, si las hay.

Abrazo!

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