El país de no ficción


Es difícil exagerar la importancia del movimiento liderado por Gino Germani (sociólogo, director de investigaciones, editor) en los años cuarenta, que se consolidó en la Universidad posterior a 1955. En el pasado, la literatura le proporcionaba su modelo al ensayo histórico o de interpretación social; en aquel primer posperonismo, las ciencias sociales (nuevas para la Argentina) suscribían el acta de una muerte que se creía no sólo inevitable sino auspiciosa. Al ensayo sólo se lo toleraría en el campo de la literatura, pero debía ser expulsado de las disciplinas que pensaban la sociedad y la historia.Se seguían escribiendo ensayos, pero sus autores venían de un pasado que no estaba iluminado por las luces de las ciencias sociales, o se obstinaban en seguir teorías que no ponían a la investigación empírica como piedra de toque.Incluso la tolerancia con el ensayo literario duró poco. En efecto, el estructuralismo francés, con sus tremendos artefactos semiológicos, observaba a la crítica literaria anterior con la misma insatisfacción que la sociología sentía frente al ensayo y la acusaba de lo mismo: era poco científica. Los 60 fueron la gran época metalúrgica de los modelos estructurales. Frente a ellos, grandes libros de crítica literaria como Muerte y transfiguración de Martín Fierro, de Ezequiel Martínez Estrada, eran sólo ensayos, culpables de una carga excesiva de subjetividad, algo que no estaba de moda en ese período regido por la oposición de sujeto y estructura, donde lo bueno caía siempre del lado de la estructura.Para seguir con el ejemplo de Martínez Estrada, el movimiento envolvente de Muerte y transfiguración..., sus volutas y repeticiones en escala ascendente, su barroquismo, lo colocaban del lado del ensayo, aunque el libro presentara una masa importante de datos y de análisis. Sebreli también era un ensayista, alguien que tenía solamente impresiones sobre cómo eran las cosas y no había hecho encuestas ni había pasado un tiempo suficiente en los archivos. Ensayo era, en los años sesenta, todo lo que no se atenía al régimen de las investigaciones sociológicas.El ensayismo era un discurso más subjetivo que objetivo; escrito con un fuerte tono personal; no necesariamente basado en investigación empírica. Lo curioso es que esos rasgos son efectivamente los que siempre caracterizaron al ensayo. Lo nuevo es que, en esos años sesenta, se los consideraba anticuados, superados por las ciencias de la sociedad y del lenguaje.Si se hace un rápido viaje en el tiempo hasta hoy, se comprueba que estas posiciones antiensayísticas han triunfado en lo que podemos llamar la prosa académica producida por investigadores universitarios. Esa prosa no puede conseguir miles de lectores como los que, después de haber criticado duramente a Martínez Estrada, tuvo Juan José Sebreli o tiene un historiador como Félix Luna, también mirado con desconfianza por los profesionales que murmuran una palabra: divulgadores.Los discursos de las ciencias sociales y la historia, que se modernizaron a partir de los sesenta, están altamente tecnificados. Esto quiere decir que las técnicas de investigación definen el carácter de la escritura. Y el aparato crítico (notas, citas, fuentes, documentos, bibliografías) decide el aspecto mismo de la página impresa.El discurso científico se distingue por una página impresa con letras de diferente cuerpo (para el texto y las notas) que remiten al pie de página, por la profusión de bastardillas y de comillas de las fuentes bibliográficas. La textura visual de este tipo de página es diferente de la página tipográficamente homogénea del ensayo.Aunque no esté escrito en primera persona, el ensayo la presupone. La prosa académica habla en modo impersonal. El ensayo es persuasivo y puede ser caprichoso, aforístico. La prosa académica es probatoria y argumentativa.Así las cosas, los miles de lectores, cuando existen, están en otra parte. Hasta hace veinte años, esos miles de lectores leían ensayos escritos desde lugares políticos bien definidos: anarquismo, marxismo, nacionalismo, populismo, antimperialismo. Sobre todo el revisionismo histórico, con su mezcla de rosismo, nacionalismo y antiliberalismo, construyó un edificio hospitalario, donde el sentido común encontraba versiones más fuertes que las escritas por los historiadores y sociólogos profesionales. Decenas de miles de ejemplares de Jauretche o de Hernández Arregui prueban esa popularidad.Hoy esos lectores (o, más bien, sus hijos) leen libros escritos dentro de un género, más que desde un lugar político-ideológico, aunque ese género no excluya las opciones ideológicas. El primer libro de fortuna en este género fue el que hasta hoy es su paradigma insuperable: Operación masacre de Rodolfo Walsh. Algunos años antes que Truman Capote escribiera A sangre fría, el relato de Walsh de los fusilamientos de junio de 1956 inaugura el non fiction, es decir la narración de hechos reales escrita con las técnicas literarias. El non fiction es la expansión de la crónica periodística por medios tradicionalmente literarios. Un género de mezcla.Hoy ese uso de tecnología literaria se ha difundido. No hay noticia, ni denuncia, ni opinión, sin relato. Esa mañana el mayor X no sabía que iba a encontrar a quienes, poco después, le revelarían.... etc. etc. Ese género periodístico, enormemente expansivo porque toma zonas que ocupó el ensayo, la historia, la reflexión cultural, la política, la biografía, tiene una capacidad para escuchar a los testigos de los hechos. El non fiction es un género de voces. En su inclinación judicial por el testimonio, lo escrito tiende una mano a la televisión, última aventura del non fiction transfigurado en reality-show. El ensayo, texto de una voz, es una lectura minoritaria frente a los libros sin muchas huellas subjetivas de autor, pero donde se escuchan (o se creen escuchar) muchas voces

Beatriz Sarlo. Ensayista.

Fuente:

http://edant.clarin.com/suplementos/zona/1999/09/26/i-00702e.htm

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