ENTRE LA SANGRE Y LA FIESTA

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Claudio Uriarte Buenos Aires, 1959-2007 - Publicado en Panamá Revista
Incluso en la tranquila desilusión de estos últimos años del siglo, la idea de Revolución sigue disfrutando de un prestigio tan invulnerable como demostrablemente inmerecido. Algunos acusan a esta época de cinismo, lo que parece cierto sólo en la medida en que el cinismo representa también conocimiento. Sin embargo, todo ese cinismo –como tolerancia moral o como sabiduría– parece venirse abajo cuando se trata de pensar, evocar o fantasear la Revolución, consumada o perdida. El hecho es paradójico, porque si algo distingue a la historia de este siglo es precisamente la inusual cantidad de revoluciones –de izquierda o de derecha– que contiene, y que terminaron catastróficamente, con la tiranía, el sojuzgamiento, la deportación y la muerte de millones y millones de hombres: la rusa de 1917, la china de 1947 y la indochina de los años ’70 por el lado de la izquierda; las revoluciones fascistas y nazi en Italia y Alemania, en los años 20 y en los 30, por parte de la derecha. Ningún resultado feliz, como puede verse.
"Las revoluciones que no llegaron a ser conservan el encanto de su edad, que es la de la inocencia"
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Junto, contra, sobre, bajo o yuxtapuestas a los rostros ensangrentados y las manos sucias de las revoluciones que realmente llegaron a ser, aparecen las imágenes hermosas, puras, heroicas y conmovedoras –y en algunos casos trágicas– de las revoluciones que fracasaron, que agotaron su contenido prematuramente o que fueron aplastadas. Una tradición que arranca en la Comuna de París y que en este siglo continúa con el golpe espartaquista de 1918 en Alemania, la Comuna húngara de 1919 y, más cerca de nosotros, las cruzadas del Che Guevara en Congo y Bolivia, la rebelión estudiantil de mayo de 1968 en Francia (con su efecto reflejo imitativo entre nosotros, al año siguiente, con el Cordobazo) y, contemporáneos pero algo más ambiguos, los movimientos también estudiantiles pero bastante menos ideologizados de los Estados Unidos.
Las revoluciones que no llegaron a ser conservan el encanto de su edad, que es la de la inocencia: el hecho de que, precisamente por no haber llegado al poder, no necesitaron ensuciarse las manos ni ensangrentarse el rostro en la tarea de ejercerlo. Eso les permite funcionar como coartadas expiatorias de la Idea de Revolución frente a los horrores de las revoluciones realmente existentes, del mismo modo en que la denuncia de Stalin por Trotsky desde la izquierda constituyó una inmensa coartada ideológica para el leninismo, equívoco e irregular edificio fundacional del marxismo soviético. Comparando la inocencia prenatal de las revoluciones abortadas con la horrible madurez de las triunfantes –o incluso los primeros días inocentes de estas últimas con sus desenlaces–, los nostálgicos de la Revolución siempre están dispuestos a aseverar que ésta fue traicionada, congelada o burocratizada por quienes terminaron asumiendo su timón. Sin embargo, y como veremos, el problema de las revoluciones triunfantes no fue que se detuvieran, sino que llevaron a cabo sus propósitos demasiado consecuentemente. Llegaron demasiado lejos.

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La revolución como atajo
Una clave indudable del encanto perenne de la idea de Revolución es que promete constituirse en un atajo rápido en la historia, en un salto cualitativo que resolverá de golpe, manu militari, los problemas fundamentales de la sociedad. La Idea de Revolución como praxis política guarda así una relación de parentesco muy estrecha con el marxismo como método de análisis, cuya reducción de todos los problemas humanos a la esfera económico-social también promete una especie de ganzúa intelectual universal para abrir de un solo golpe las puertas de todo el conocimiento. Sin embargo, el homo economicus imaginado por Marx es también una abstracción imposible de verificar: nunca los hombres basaron sus decisiones exclusivamente en sus conveniencias económicas sino también en motivos morales, culturales, religiosos, familiares. Marx diría aquí que estos últimos motivos no son más que una sublimación de las duras determinaciones económico-sociales, pero con esto no haría más que dar otro punto de arranque de una de las paradojas menos observadas de la doctrina que fundó: el hecho de que su imponente aparato teórico constituye en gran parte la suma de unas argumentaciones cada vez más retorcidas para justificar, defender, atenuar o relativizar dos o tres errores iniciales básicos: el homo economicus, por ejemplo, o la teoría del empobrecimiento progresivo del proletariado, o la idea de que este último es el único capaz de consumar la Revolución que llevará a la humanidad del reino de la necesidad al de la libertad.
"El encanto de la idea de Revolución es que promete un atajo en la historia que resolverá los problemas de la sociedad"
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Marx promete un atajo intelectual; la Revolución que propone un atajo histórico. Sin embargo, algunos atajos se toman venganza y tienden a convertirse en su opuesto, en rodeos interminables y estériles guerras de posiciones. Un atajo intelectual es una propuesta sumamente atractiva, en especial para los perezosos, los impacientes, los ignorantes, los semicultos y los pseudointelectuales que quieren encontrar una vía rápida para develar el sentido del mundo, sin enterarse ni profundizar previamente en su exquisita complejidad y diversidad: la dialéctica marxista –como dijo alguien– puede hacer que cualquier idiota parezca inteligente. Sin embargo, este atajo se toma su tributo: como parece resolver de golpe y unilateralmente todos los problemas, impide conocerlos seriamente en su realidad y su naturaleza. Más que un método del conocimiento se convierte en un pretexto altisonante para la ignorancia, y tiene ya algo de su involuntaria parodia, el ultraizquierdismo cuya posición extrema le permite nivelar, aplanar y desdeñar todo lo que le es ajeno como más de lo mismo, sin poder ver otra cosa que su propio ideal de perfección.
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Miseria de la Revolución
La idea de Revolución procede de manera análoga, pero aquí el costo no es la ignorancia o incompetencia del aspirante a intérprete del mundo sino el sufrimiento y la dislocación de la sociedad y los seres humanos concretos sobre los que se ejerce el proyecto. La Revolución percibe la sociedad dada como fundamentalmente descompuesta y terminal, por lo que descarta de antemano cualquier transacción con las instituciones y entramados existentes y hace tabula rasa con ellos. Así, y sin embargo, se cuela en su proyecto el utopismo, incluso en el caso de quienes, como Lenin o Trotsky, se reivindicaron “socialistas científicos”: una vez liquidado todo, hay que construir algo en su lugar, y ese algo es una utopía para la que no hay mapas. El trabajo con las instituciones y entramados sociales previamente existentes podría haber permitido un cierto sentido de dirección, pero ya vimos que se barrió con ellos de un plumazo, de la misma forma en que el marxismo liquidó todos los problemas extraeconómicos como superchería, superstición o “conciencia falsa”. La Revolución, así, no sólo ignora la sociedad sobre la que está operando, sino que su código genético es una militancia activa y decidida para ignorarla. Si la conociera de veras, si se involucrara en ella, incluso desde la perspectiva del cambio, ya no sería Revolución con mayúsculas sino minúscula reforma; no romanticismo heroico sino prosa grisácea. Y así como el marxismo es la trampa perfecta para los intelectuales apurados, la Revolución es el oficio hecho a medida de los aristócratas desclasados, los hijos de familias venidas a menos, los pequeños burgueses sin éxito, los estudiantes y académicos sin empleo fijo y los lúmpenes, comparsa estable en la composición sociológica de los liderazgos revolucionarios a través de los tiempos y de los países. Aunque no lo sepan, aunque sincera e indignadamente lo nieguen, lo que estos personajes buscan es la vía corta para recuperar un poder que han perdido o al que no podrían llegar de otra forma. La Revolución es un modo de la clase media de escaparse de su malestar en la cultura.
"La Revolución es un modo de la clase media de escaparse de su malestar en la cultura."
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La revolución realmente existente
Pero aún así las revoluciones ocurren, y probablemente seguirán ocurriendo. Ya que toda sociedad, en su despliegue y desarrollo, tiene puntos de fractura donde las instituciones existentes se vuelven inoperantes. Otro motivo, a menudo subestimado, es la simple torpeza y estupidez de sus clases dirigentes. El genio táctico del revolucionario profesional –Lenin es el ejemplo paradigmático– consiste en apoderarse de la situación y hacerla trabajar para sus propios fines. El verdadero revolucionario profesional –Lenin otra vez– no es realmente un ideólogo sino un oportunista, un pragmático descarado que no vacila en enterrar todas sus teorías y conceptos previos ante la posibilidad de tomar la mínima parcela de poder concreto. Y tampoco duda en sacrificar cualquier principio anteriormente sostenido si está en juego la preservación y ampliación de esa parcela de poder. El verdadero revolucionario es un hombre de la realpolitik más cercano a Maquiavelo y a Hobbes que a Rousseau, Fourier o Saint Simon. Es un hombre del Estado.
Terror
Los entretelones de Octubre
La llamada Revolución Rusa de octubre de 1917 contaba, en abril de ese año, con la oposición cerrada de todos los líderes del Partido Bolchevique, educados hasta entonces por Lenin en la idea de la coalición con los partidos burgueses contra la autocracia, y de la imposibilidad de saltar la etapa capitalista democrática entre el feudalismo y el socialismo. Cuando llegó a Rusia, bajo la forma de un caballo de Troya y un presente envenenado del Kaiser alemán a un enemigo que ya estaba perdiendo la guerra, Lenin tuvo que imponer sus nuevas tesis revolucionarias en su Comité Central, conspirando y amenazando con renunciar, es decir: poniendo todo su prestigio, su pasado y su leyenda como argumento de fuerza. Su principal aliado no fue ninguna de las “diez cabezas fuertes” que había imaginado en su libro Qué hacer –un verdadero manual de totalitarismo– como modelo de dirección de su partido revolucionario: fue Trotsky, un atípico menchevique de izquierda.
Aun en las vísperas mismas de la toma del poder, dos de esas “diez cabezas fuertes” (Zinoviev y Kamenev, que no estaban de acuerdo con el proyecto) no dudaron en denunciar la fecha de la revolución a la prensa burguesa. Cuando se trató de conseguir la aprobación de los Soviets para la aventura, se arguyó un inexistente complot contrarrevolucionario. Y en el momento de la revolución propiamente dicha, el gobierno provisional de Kerensky estaba literalmente desarmado por su propia decisión de continuar la guerra con un ejército en deserción y desbande masivos. A Lenin, para tomar el poder, le bastó en cierto modo sólo la fuerza de una promesa: “Paz (para los soldados), pan (para los obreros industriales) y tierra (para los campesinos)”. Y también esta fórmula de crudo realismo político: “La derrota (en la guerra contra Alemania) es el mal menor”. Con idéntico realismo, había aceptado convertirse en el regalo envenenado del Kaiser a Kerensky, y así también disolvió, cuando estuvo en el poder, los Soviets y los sindicatos, que no le eran necesarios sino más bien obstáculos. Más que una revolución, lo que pasó en Rusia en octubre del ‘17 fue una combinación de insurrección con golpe de Estado, apoyada por los Soviets (una mixtura de sindicato revolucionario sui géneris con parlamento en armas), contra un poder que había perdido toda sustancia militar: así se explica que el movimiento haya prescindido casi completamente de cualquier derramamiento de sangre. Como vemos, la Revolución no nació de ninguna aspiración socialista alentada por la minúscula clase obrera rusa –tomar la gestión de la sociedad en sus manos–, sino de algunos deseos muy burgueses: volver a casa (los soldados), comer regularmente (los trabajadores industriales), ser dueños de su propia tierra (los campesinos).
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Sin embargo, después de este golpe de Estado, Lenin empezó la verdadera Revolución de la que los Soviets y la estupidez de Kerensky le habían proporcionado apenas el punto arquimédico, el dispositivo instrumental. Y esta vez sí: fue violenta, y hubo sangre derramada. La primera etapa consistió en eliminar los focos de resistencia militar, la familia real, las clases poseedoras en bloque y, por fin, la oposición, los Soviets, los sindicatos independientes y las manifestaciones de protesta social. La justificación de este proceder, como en todo sistema historicista, se encontraba en los objetivos últimos, una especie de pedido de crédito ante el juicio de la historia universal.
Extraña pareja I
El razonamiento de Lenin era más o menos éste: La Revolución Rusa era irregular y débil (ocurría en un país atrasado, contra la predicción y los consejos de Marx), pero debía mantenerse a la espera, como bandera propagandística, de la revolución europea. Naturalmente este modo de ver las cosas sentaba las bases ideológicas del imperativo de perpetuación del régimen a toda costa, cuyas primeras necesidades eran una fuerte policía política y un ejército igualmente fuerte. Con este diagrama de acción Lenin prefiguró a Stalin, aunque más tarde se quejara del estilo de conducción de su discípulo. Porque Stalin se limitó a desplegar los corolarios lógicos de la posición de Lenin: primero suprimió las fracciones dentro del partido, luego deshizo el partido y finalmente se entronizó como autócrata. No fue sólo vocación dictatorial: la Revolución tiende a contener los embriones de la tiranía, en la medida en que su tabula rasa descarta de antemano cualquier restricción o equilibrio de poderes, y así hereda y potencia el autoritarismo del régimen al que derroca. Además, como la esperada revolución europea no se produjo, las justificaciones para una autarquía totalitaria estaban dadas.
"La base de las revoluciones es un ataque de nervios de la sociedad; su continuidad en el tiempo es otra cuestión."
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Extraña pareja II
Trotsky, que perdió frente a Stalin la pelea por la sucesión de Lenin, es autor de una teoría muy conveniente para todos, y a primera vista bastante verosímil: la Revolución habría sido traicionada por Stalin, que la habría degenerado en una burocracia tiránica, interesada sólo en su perpetuación y carente de cualquier voluntad de propagar el movimiento comunista mundial o de desplegar una política exterior revolucionaria. Una especie de Termidor, que no llega a abolir las conquistas centrales de la Revolución –la nacionalización, la centralización y la economía dirigida– pero que sí cesa toda actividad política realmente revolucionaria en su programa. Algo de cierto hay en esto: gracias a una política exterior sumamente conservadora y prudente, la Unión Soviética duró más de setenta años, mientras el movedizo y dinámico imperio de mil años de Hitler llegó solamente a doce. También es verdad que Stalin llevó al paroxismo los elementos totalitarios que en la época de Lenin recién se insinuaban. Sin embargo, Trotsky, para desacreditar a Stalin, lo compara con una supuesta “democracia socialista” que nunca existió, y pasa por alto no sólo los pasos fundacionales de Lenin hacia el Estado totalitario sino también sus propios pecados estalinianos, como la fórmula de “comunismo de guerra” (que en la práctica significaba guerra contra los trabajadores), o su aprobación, en un supuesto Estado obrero, de la represión de los marineros del Kronstadt. Y, lo que es aún más grave, elige ignorar que Stalin esencialmente cumplió las consignas internas de la Revolución: colectivización agraria, nacionalización, industrialización, Estado fuerte. Que la dictadura haya sido suya, y no del proletariado, sólo puede reprochárselo alguien lo suficientemente ingenuo para creer que el proletariado puede ejercer una dictadura. Y Trotsky no era ingenuo.
Un viaje de ida
October-Revolution-Moscow-1917Las revoluciones de ideología socialista que siguieron –como los artificiales implantes soviéticos en Europa del Este– reprodujeron a grandes rasgos el modelo madre de construcción y desarrollo: un modelo verdaderamente revolucionario, puesto que se proponía rehacer la sociedad de cabo a rabo. Todos esos experimentos fueron absolutos fracasos. La excusa de que la Revolución Rusa ocurrió en un país atrasado y no en uno industrializado ya no puede sostenerse: primero porque Rusia no era un país tan atrasado, y luego porque setenta años son más que suficientes para desarrollarse si el proyecto elegido es el correcto. Y, por otro lado, está el dato de que cuando el sistema soviético se implantó en sociedades más modernas (Alemania Oriental, Checoslovaquia), el resultado fue el estancamiento. El totalitarismo revolucionario resulta ineficaz en la medida en que el proyecto de la Revolución no se basa en las condiciones, instituciones y modos de vida existentes sino en un diseño utópico, que necesita de una enorme dosis de violencia para imponerse. Su autoritarismo y su sistema de comando, que parecen a primera vista expeditivos y eficientes, sólo lo son a medias, vale decir que no lo son: sirven como viaje de ida (de las ordenes) pero no de vuelta (de las realidades), ya que cohíben la retroalimentación informativa del régimen respecto de las tendencias sociales y económicas dominantes. El Gosplan soviético tenía que fijar millones de precios regularmente, pero sus criterios eran tan irreales que, en los últimos años de la URSS, las únicas cosas que abundaban eran el desabastecimiento y el mercado negro.
Sintetizando: La Revolución, contra lo que a veces se piensa, se llevó a cabo. Sin duda no constituyó un organismo de poder directo del proletariado, que nunca quiso ni fue capaz de ejercer ningún poder, pero en cambio cumplió desde arriba sus consignas previas de ingeniería social. La observación es válida tanto para la colectivización y la industrialización de Stalin como para los mil devaneos de Mao; para el fetichismo siderúrgico que dominó Europa Oriental en la Guerra Fría como para la sangrienta vuelta al campo en la Camboya de Pol Pot. No es verdad que la Revolución no tuvo ocasiones o posibilidades de probar su valor; en realidad, tuvo demasiadas, a lo largo de setenta años de inestabilidad durante los cuales buena parte del mundo fue sometida a despiadados y estériles experimentos de ingeniería social.
La revolución era una fiesta
Contra la sordidez y el desencanto de las revoluciones que triunfaron, la bella alma progresista elige destacar el indudable encanto de las revoluciones que no llegaron al poder, y que por lo tanto no tuvieron oportunidad de corromperse y descascararse. Aquí la tradición es grande, mucho mayor que la de las revoluciones triunfantes. Arranca desde Espartaco, sigue por Babeuf y la Comuna de París y en nuestro siglo cuenta con el golpe espartaquista en Alemania en 1918, la Comuna húngara en 1919, la República española en los años ’30, el Mayo francés de 1968 y los movimientos estudiantiles norteamericanos de la misma época.
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Acontecimientos de esta clase vienen a ocupar, en la teología laica de la Revolución, un lugar equivalente al de los mártires, y también contribuyen a investirla de una dignidad moral aparentemente irrecusable. Indudablemente, por lo demás, se trata de momentos muy lindos, días de asueto universal y de jolgorio donde todo parece posible. Si alguien dijo que la huelga era, por sobre todo, una alegría, la Revolución es un momento orgiástico y una fiesta permanente, de máxima inspiración, comunicación y circulación social, una especie de primavera salvaje, de deshielo de relaciones personales y sociales que parecían petrificadas, y también una aceleración de la conciencia personal y la posibilidad de una nueva y más afinada percepción de las cosas. Una anécdota de la Comuna de París refiere que los insurrectos, sin ningún motivo aparente, disparaban contra los relojes de los edificios, como si quisieran abolir un tiempo –el de la productividad burguesa y los horarios laborales– que los hacía esclavos. Arthur Koestler ha dejado un testimonio muy ilustrativo de uno de esos momentos (la Comuna húngara) en su autobiografía Flecha en el azul:
“La celebración del 1° de mayo de 1919 fue la apoteosis de la efímera Comuna húngara. Parecía que la ciudad entera se había transformado. Las plazas de Budapest padecen de una sobreabundancia de enormes estatuas de bronce, con personajes famosos que atacan al enemigo sobre caracoleantes caballos, o pronuncian discursos con un brazo alzado, y un rollo de pergamino bajo el otro. El 1° de mayo, todas estas estatuas quedaron ocultas bajo armazones esféricas de madera, cubiertas de paño rojo, donde habían pintado los océanos y los continentes del mundo. Esos globos gigantescos –algunos tenían más de cincuenta pies de alto, porque el héroe de bronce del interior cabalgaba un caballo especialmente voluminoso– producían un efecto fascinante. Parecían globos cautivos, anclados en las plazas, dispuestos a levantar por los aires a la ciudad entera; eran símbolos del nuevo espíritu cosmopolita, y de la decisión del nuevo régimen de ‘levantar al globo de su eje’”.
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Quizá convenga aquí distinguir entre la Revolución como un acto de insubordinación más o menos espontáneo de la población y la Revolución como operación de ingeniería política para tomar el poder sobre la base de esa insubordinación. El relato de Koestler se ajusta a la primera descripción; la Revolución Rusa de octubre –no la de febrero–, a la segunda. La distinción es importante porque algunas de las revoluciones fallidas fracasaron porque no tenían un proyecto de poder, o porque no podían tenerlo, o porque la posesión del poder del Estado no entraba en el perímetro de sus reivindicaciones. La base, el grado cero, la materia prima y el mínimo común denominador de las revoluciones es un ataque de nervios general de la sociedad; su fecundidad o su continuidad en el tiempo son otra cuestión.
Mayo fugaz
El paradigma contemporáneo de revolución utópica fallida es el Mayo francés, que por varias semanas puso a París en un estado de crisis prerrevolucionaria para luego disolverse aparentemente en el aire. El enigma de esta disolución repentina ha dejado intrigados y sin respuestas a muchos, incluso a algunos de los protagonistas del movimiento, como Daniel Cohn-Bendit. Y no es un enigma menor: Mayo de 1968 es importante como representación, símbolo, metáfora y licencia poética de los ’60, una década en la que también ocurrieron la Primavera de Praga y su trágico final, las aventuras del Che Guevara en el Congo y Bolivia, los asesinatos de John y Robert Kennedy y de Martin Luther King y el comienzo de la rebelión juvenil contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos. Con sus ingeniosas consignas utópicas y libertarias –“Prohibido Prohibir”, “Sea realista, pida lo imposible”, “Debajo de los adoquines está la playa”, etc.–, el Mayo francés parece una síntesis del optimismo contestatario de la época, así como de su grito de guerra generacional.
El enigma de la desaparición de la Revolución de Mayo puede despejarse rápidamente: el movimiento se disolvió tras lograr sus objetivos. Que no eran exactamente los que proclamaban sus poéticas consignas –siempre traicioneras cuando se las toma al pie de la letra–, sino una reforma universitaria, una modernización y liberalización sociales, la terminación de la dictadura de los padres, profesores y adultos y la concesión de un lugar razonable para la generación nacida en la posguerra. Algunos participantes del movimiento quedaron enganchados en la ideología izquierdista que los animaba, y en los años ’70 derivaron en el terrorismo europeo, síntomas de impotencia y de aislamiento social. Otros se volvieron ecologistas, empresarios o periodistas, ocupando el lugar de clase media para el que estaban destinados. Porque el Mayo francés, pese a sus ocasionales apoyos obreros y a la parafernalia de sus consignas ultraizquierdistas, fue esencialmente un movimiento de la clase media: la verdadera clase baja estaba más bien dentro de los uniformes de policía contra los que se enfrentaban los estudiantes.
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La Revolución no figura hoy en la agenda de ninguna persona seria, hecho al que contribuyó la desaparición progresiva de las dictaduras contra las que parecía el único recurso. Pero el sufrimiento y los fracasos que depararon las revoluciones de este siglo, como corroborando la observación de Hegel sobre la “astucia de la razón”, tampoco parecen haber sido en vano: algo hemos aprendido, algo se ha avanzado. La idea de Revolución, sin embargo, sobrevive aún como nostalgia, y también como cifra ideológica de un pasado presuntamente apasionado, comprometido y heroico. Aunque hoy llegue hasta nosotros con los signos del Gulag y de Auschwitz. Es decir, de la barbarie.
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Publicado originalmente en Revista Página/30, Año 8, Nro. 88, Noviembre 1997
Agradecemos a Mariano Schuster habernos acercado la versión digital del texto
 

John Holloway: "Podemos o Syriza pueden mejorar las cosas, pero el desafío es salir del capitalismo"

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ohn Holloway: "Podemos o Syriza pueden mejorar las cosas, pero el desafío es salir del capitalismo"

A diez años de la publicación de su célebre libro, ¿sigue pensando John Holloway que es posible cambiar el mundo sin tomar el poder?
John Holloway (1947, Dublín)
John Holloway (1947, Dublín)
En el año 2002, John Holloway publica un libro de referencia: Cambiar el mundo sin tomar el poder. Inspirado por el ¡Ya basta! zapatista, por el movimiento que surgió en Argentina en 2001/2002 y por el movimiento antiglobalización, Holloway plantea en él una hipótesis: no es la idea de revolución o transformación del mundo la que ha quedado impugnada en el desastre del comunismo autoritario, sino más bien la idea de la revolución como toma del poder y la del partido como herramienta política por excelencia.
Otra noción de cambio social se insinua en esos movimientos, y en general en todas las prácticas más o menos visibles donde se sigue una lógica distinta a la del beneficio, la de agrietar el capitalismo, o sea crear, dentro de la misma sociedad que se rechaza, espacios, momentos o áreas de actividad donde se prefigura ya un mundo distinto. Rebeldías en movimiento. Vistas así las cosas, la cuestión de la organización ya no coincide con la del partido, sino que pasa por la pregunta de cómo se reconocen y conectan las distintas grietas que van descosiendo el tejido capitalista.
Pero después del “que se vayan todos” argentino vino el gobierno Kirchner y después del "no nos representan" apareció Podemos. Nos encontramos con John Holloway en la ciudad de Puebla (México) para preguntarle si, después de una década y todo lo que ha acontecido en ella, desde los gobiernos progresistas en América Latina hasta Podemos y Syriza en Europa, pasando por los problemas de las prácticas autoorganizadas para existir y multiplicarse, sigue pensando que es posible "cambiar el mundo sin tomar el poder".
***
Lo primero, John, sería preguntarte de dónde viene, dónde se sostiene, la idea hegemónica de revolución en el siglo XX, es decir, la del cambio social mediante la toma del poder.
John Holloway. Creo que el elemento central es el trabajo, el trabajo entendido como trabajo asalariado, es decir, trabajo enajenado o abstracto. El trabajo asalariado ha sido y es la base del movimiento sindical, de los partidos socialdemócratas que eran su ala política y también de los movimientos comunistas. Ese concepto conformaba la teoría revolucionaria del movimiento obrero: la lucha del trabajo asalariado contra el capital. Pero su lucha era limitada porque el trabajo asalariado es el complemento del capital y no su negación.
No entiendo la relación entre esa idea del trabajo y la de revolución a través de la toma del poder del Estado.
John Holloway. Una manera de entender la conexión sería la siguiente: si partes de la definición del trabajo como trabajo asalariado o enajenado, partes de la idea de los trabajadores como víctimas y objetos del sistema de dominación. Y un movimiento que lucha por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores (considerados como víctimas y objetos) se remite inmediatamente al Estado. ¿Por qué? Porque el Estado, por su separación misma con respecto a la sociedad, es la institución ideal si se busca conseguir beneficios para la gente. Así piensa la tradición del movimiento obrero y la tradición de los gobiernos de izquierda que hay actualmente en Latinoamérica.
Pero no es la única tradición para pensar la política de emancipación...
John Holloway. Desde luego que no. En los últimos veinte o treinta años encontramos muchísimos movimientos que afirman otra cosa: la posibilidad de emancipar la actividad humana del trabajo enajenado, abriendo grietas donde poder hacer de otra manera, hacer algo que nos parece útil, necesario y que merezca la pena, una actividad no subordinada a la lógica del beneficio.
Esas grietas pueden ser espaciales (lugares donde se generan otras relaciones sociales), temporales (“aquí en este evento, mientras estemos juntos, vamos a hacer las cosas de otra manera, vamos a abrir ventanas hacia otro mundo”) o relacionadas con actividades o recursos particulares (cooperativas por ejemplo o actividades que siguen una lógica no mercantil con respecto al agua, al sofware, a la educación, etc.). El mundo, y cada uno de nosotros, está lleno de estas grietas.
El rechazo del trabajo enajenado y enajenante implica al mismo tiempo una crítica de las estructuras institucionales, organizativas y de pensamiento que surgen de él. Así se puede explicar el rechazo de los sindicatos, de los partidos y del Estado que podemos observar en tantos movimientos contemporáneos, desde los zapatistas hasta los indignados griegos o españoles.
Pero no se trata de la oposición entre vieja y nueva política, me parece, porque lo que vemos en los movimientos de la crisis es que surgen las dos cosas al mismo tiempo: grietas como las plazas y también nuevos partidos como Syriza o Podemos.
John Holloway. Creo que es un reflejo de que nuestra experiencia en el capitalismo es contradictoria. Somos víctimas y a la vez no lo somos. Buscamos mejorar nuestras condiciones de vida como trabajadores y también ir más allá, vivir de otra manera. Por un lado, somos efectivamente personas que tienen que vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Pero, por otro, cada uno de nosotros tenemos sueños, comportamientos y proyectos que no caben en la definición capitalista de trabajo.
Lo difícil, ayer como hoy, es pensar la relación entre los dos tipos de movimientos. Cómo esa relación puede evitar la reproducción del sectarismo de siempre, cómo puede ser una relación fructífera sin negar las diferencias fundamentales entre las dos perspectivas.
Argentina en 2001 y 2002, los indignados en Grecia y España más recientemente... En cierto momento los movimientos por abajo se detienen, entran en crisis o impasse, se desvanecen... ¿Dirías que la política de las grietas tiene límites intrínsecos para durar y expandirse?
John Holloway. No hablaría de límites, sino de problemas. Hace diez años, cuando publiqué Cambiar el mundo sin tomar el poder, se veían más los logros y las potencias de los movimientos de abajo, mientras que ahora somos más conscientes de los problemas. Los movimientos que citas son faros de esperanza de una importancia enorme, pero el capital sigue existiendo y es cada vez peor, implica cada vez más miseria y destrucción. No podemos limitarnos a cantar las glorias de los movimientos, no es suficiente.
¿Podría pasar una respuesta entonces por la opción que enfoca hacia el Estado?
John Holloway. Se entiende por qué la gente quiere ir para allá, se entiende muy bien. Han sido años de luchas feroces, pero la agresión del capitalismo sigue igual. Espero sinceramente que Podemos y Syriza ganen las elecciones, porque eso cambiaría el caleidoscopio actual de las luchas sociales. Pero mantengo todas mis objeciones con respecto a la opción estatal. Cualquier gobierno de este tipo implica una canalización de las aspiraciones y de las luchas dentro de conductos institucionales que necesariamente tienen que buscar la conciliación entre la rabia que estos movimientos expresan y la reproducción del capital. Porque la existencia de cualquier gobierno pasa por fomentar la reproducción del capital (atrayendo inversión extranjera o de otra forma), no hay otra. Esto implica inevitablemente participar en la agresión que es el capital. Es lo que ya ha pasado en Bolivia o Venezuela y será también el problema en Grecia y España.
¿Se trataría tal vez de complementar los movimientos por abajo con un movimiento orientado hacia las instituciones de gobierno?
John Holloway. Es la respuesta obvia que se repite. Pero el problema de las respuestas evidentes es que suprimen las contradicciones. Las cosas no se pueden conciliar tan fácilmente. Desde arriba se puede tal vez mejorar las condiciones de vida de la gente, pero no me parece que se pueda romper con el capitalismo y generar otra realidad. Y sinceramente creo que estamos en una situación donde no hay soluciones a largo plazo para la humanidad entera dentro del capitalismo.
No descalifico la opción estatal porque yo tampoco tengo ninguna respuesta que ofrecer, pero no me parece que sea la solución.
¿Por dónde estás buscando esa respuesta?
John Holloway. Sin considerar a los partidos de izquierda como enemigos, que para mí desde luego no es el caso, yo diría que la respuesta hay que pensarla en términos de profundización de las grietas.
Si no vamos a aceptar la aniquilación de la humanidad, que es algo que me parece que está en la agenda del capitalismo como posibilidad real, entonces la única alternativa es pensar que nuestros movimientos son el nacimiento de otro mundo. Hay que ir construyendo grietas y buscando formas de reconocerlas, potenciarlas, extenderlas, comunicarlas. Buscar la confluencia o, mejor, la comunización de las grietas.
Si pensamos en términos de Estado y elecciones nos estamos desviando de eso, porque Podemos o Syriza pueden mejorar las cosas pero no crear otro mundo por fuera de la lógica del capital. Y creo que de eso se trata.
Por último, John, ¿cómo piensas la relación entre las dos perspectivas de que venimos hablando?
John Holloway. Es necesario mantener un debate constante y respetuoso y que a la vez no suprima las diferencias y las contradicciones. Pienso que una base del diálogo podría ser la siguiente: nadie tiene la solución.
Nosotros por el momento debemos reconocer que no tenemos la fuerza suficiente para abolir el capitalismo. Y por fuerza me refiero aquí a construir maneras de vivir que no dependan del trabajo asalariado. A poder decir: “realmente no me importa si tengo empleo o no, porque si no lo tengo puedo dedicar mi vida a otras cosas que me interesan y que me dan el sustento suficiente para vivir dignamente”. Ahora mismo no es el caso. Quizá tengamos que construir eso antes de decir: “váyase al carajo, capital”.
En ese sentido, pensemos que una precondición de la Revolución Francesa fue que en cierto momento la red social de relaciones burguesas ya no necesitaba a la aristocracia para existir. De igual modo, debemos llegar trabajar para alcanzar el punto en que podamos decir: “no nos importa que el capital global no invierta en España, porque hemos construido una red de apoyo mutuo suficiente para vivir con dignidad”.
Hoy, la rabia contra los bancos se extiende por todo el mundo, pero me parece que el problema no son los bancos, sino la existencia del dinero como relación social. ¿Cómo pensar la rabia contra el dinero? Creo que ésta pasa necesariamente por construir relaciones sociales no monetizadas, no mercantilizadas.
Y hay muchísima gente dedicándose a eso, por deseo, convicción o necesidad, aunque no salga en los periódicos. Construyendo otras formas de comunidad, de socialidad, de pensar la tecnología y las habilidades humanas para crear otra vida.

No me cierran las cuentas

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De lo que pase mañana solo hay una certeza, que la tal mentada polarización no se dio, ni se dará nunca. Esto abre un escenario de infinitas posibilidades porque la oferta, como los antibióticos, es de amplio espectro.
Supongamos que dentro de los votos emitidos tenemos un 90% de votos positivos, esto quiere decir que la voluntad de elegir cualquiera de los seis candidatos se ha expresado positivamente. Supongamos que dentro de ese noventa por ciento, solo un siete lo hace por los tres candidatos que se dan como menos favoritos, digamos 2% del Caño, 3% Margarita y 2% Adolfo. Esto nos deja  un 83% de votos a repartir entre las fuerzas esta vez: favoritas.
Hagamos una cuenta que a Scioli donde saca 40% más uno de los votos. Esto nos deja un 43% a repartir entre Massa y Macri, digamos 22 y 21%. ¿Es posible este resultado cuando en las primarias Cambiemos sacó el 30% y Unidos 20%, juntos más del 50% que no estuvieron de acuerdo con votarlos a Scioli? Pero digamos que los votos de De la sota no fueran a Massa y que los de Carrió no fueran a Macri. ¿Dónde irían esos votos?
Es muy difícil arriesgar una respuesta que no sea incierta, pero especulando un poco y atribuyendo a los menos votados ese 7% inicial, de la hipótesis del 61,2 que no emitió su voto para Daliel Scioli, es improbable que solo un 50% SOLO lo haga a favor de algún opositor al gobierno y el otro 11,2% parte o en su totalidad lo haga a favor de DOS.
En la provincia de Buenos Aires el candidato oficialista no le tracciona votos a Scioli, es Vidal la que le tracciona a Macri, es la favorita. Lo mismo ocurre con la CABA. En Santa fe y Córdoba el oficialismo, no es el gran favorito, no descuenta. Tampoco en Mendoza y en Tucumán se ha polarizado la elección luego de las primarias. ¿Por qué habríamos de esperar un oficialismo con una catarata  de votos  si en los distritos más populosos no hace diferencia?
Siguiendo con este tren de especulaciones creo que DOS no va a llegar a sacar los votos que sacó en la primaria y que por el contrario la elección se va a ser reñida entre el segundo y el tercero donde vislumbro un empate técnico en el 25%, cosa que no es descabellada. A Stolvizer la veo con un 6 a 8% acumulando los votos de los radicales que no lo quieren a Macri, a del Caño alrededor de un 4% y al Adolfo con un 1 o 2%.
A mi parecer al no producirse la polarización, es más, al querer forzar una polarización contra natura, el soberano expresará su voto muy a conciencia. Premiará y castigará a quién sea, las opciones están: dos opciones radicales, dos peronistas, dos liberales, una de izquierda pura. En un poco más de 24 horas lo sabremos.

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